Cuerpo-territorio, propiedad privada y las formas invisibles del despojo
Escribe: Fiorella Ricagno, licenciada en relaciones internacionales (UNSAM) y magíster en ecología política y alternativas al desarrollo (UASB, Ecuador), integrante de Ambiente en Lucha.
Existe una forma de extracción y fractura mucho más silenciosa que la del litio, el petróleo y el gas, el cobre. No perfora montañas ni abre pozos. Ocurre, también, en nuestros cuerpos, en nuestros barrios, en las ciudades.
No se trata únicamente de un modelo económico, sino de una forma de organizar la vida. Una racionalidad propia del capitalismo contemporáneo que convierte territorios, cuerpos y vínculos en mercancías, y nos convence de que siempre nos falta algo: más tierra, más crecimiento, más desarrollo, más consumo. La propiedad privada ocupa un lugar central en esa lógica porque convierte el acceso, el uso y el cuidado en relaciones de posesión. El cuerpo-territorio propone el movimiento inverso. No parte de la falta, sino de aquello que ya existe y que el despojo intenta romper: las tramas que sostienen la vida. Tal vez la pregunta de este 9 de julio no sea cuánto podemos adquirir, sino qué necesitamos defender para seguir habitando, en común, nuestros cuerpos y nuestros territorios.
¿Qué significa defender un territorio cuando todo se vuelve propiedad privada? ¿Qué se protege cuando se protege la propiedad?
Este pasado 9 de julio, mientras volvíamos a hablar de independencia y soberanía, esas preguntas cobraron una nueva dimensión. En un contexto donde el Congreso discute proyectos que buscan declarar la “inviolabilidad de la propiedad privada” y el Estado consolida un modelo que garantiza por décadas los derechos de las grandes inversiones sobre los territorios, vale la pena preguntarnos qué entendemos por aquello que merece ser protegido.
Porque la propuesta de declarar la “inviolabilidad de la propiedad privada” no sólo busca reforzar una garantía jurídica. Expresa una forma de organizar la vida y de entender el mundo, donde la libertad se mide por lo que se posee y la soberanía por la capacidad de proteger esa posesión.
Pero ¿qué ocurre si pensamos el territorio desde otro lugar? ¿Qué ocurre si, en vez de partir de la propiedad, partimos de la vida?
El concepto-idea de cuerpo-territorio, extendido por los feminismos comunitarios de latinoamérica y retomado por autoras como Verónica Gago, propone justamente ese desplazamiento. No entiende al cuerpo y al territorio por separados, ni como bienes que alguien posee, sino como espacios inseparables donde transcurre la vida. Si se violenta un territorio, se violentan también los cuerpos que lo habitan; si un cuerpo es violentado, también se afecta el territorio que sostiene esa existencia.
Esta perspectiva permite entrever las violencias que atraviesan nuestras ciudades. Porque el extractivismo no comienza ni termina en una mina o en un pozo petrolero. También opera cuando la identidad de los barrios son expulsados por la especulación inmobiliaria, cuando el endeudamiento captura el tiempo y la energía de las economías populares, cuando el acceso a la vivienda se convierte en una mercancía inalcanzable o cuando el espacio público se privatiza de manera creciente.
En esos procesos también hay extracción. Extrae tiempo, salud, vínculos, vitalidad, deseo, esperanza y capacidad de imaginar otros futuros. Como menciona la cineasta y poeta chilena Cecilia Vicuña (1), “nuestro sentido humano ha sido extraído”.
El cuerpo-territorio permite nombrar esa continuidad entre las formas visibles e invisibles del despojo. Nos recuerda que las violencias económicas no son abstractas. Más bien, dejan marcas en los cuerpos. del mismo modo en que el agua del deshielo talla lentamente la roca o el río dibuja sus huellas sobre las costas. No siempre son heridas abruptas; muchas veces son erosiones silenciosas, casi imperceptibles, que modifican el paisaje con el paso del tiempo. ¿Hay cicatrices y heridas no visibles?
Así también, el estrés permanente por llegar a fin de mes, las jornadas de trabajo interminables, el desempleo, el endeudamiento que condiciona cada decisión cotidiana o la expulsión de los barrios donde se construyeron redes de cuidado van modelando nuestros cuerpos y nuestras formas de habitar el mundo. Son también formas de ocupación de nuestros territorios. Son estrías que el capital deja sobre la piel de la vida cotidiana.

Como señala Verónica Gago (2), la potencia política del cuerpo-territorio consiste en plantear “otra noción de posesión en términos de uso y no de propiedad”, poniendo en evidencia la lógica de lo común como aquello que permanentemente es desposeído y explotado. Desde allí afirma algo profundamente disruptivo ya que no hay falta originaria ni de cuerpo ni de territorio. Lo que existe es un proceso constante de desposesión.
Esta afirmación invierte una de las premisas centrales de la racionalidad occidental. Vivimos bajo una lógica que nos convence de que siempre nos falta algo. Una casa, un auto, más consumo, más crecimiento, más desarrollo. Siempre estamos persiguiendo una promesa que nunca termina de alcanzarse. Esa lógica no se limita al mercado ni a la economía. También organiza la manera en que valoramos los territorios, los cuerpos y las formas de vida. En ese sentido, el extractivismo puede entenderse no sólo como un modelo económico, sino como un régimen político que produce una determinada lógica de valoración. Convierte aquello que sostiene la vida en objeto de explotación, reproduce relaciones de despojo y consolida territorios y cuerpos sacrificables.
Pero si no hay falta originaria, entonces la pregunta deja de ser qué necesitamos adquirir y pasa a ser qué nos están quitando.
¿Dónde quedan nuestros cuerpos cuando todo parece convertirse en mercancía? ¿Dónde quedan nuestros territorios cuando el desarrollo se mide únicamente por la capacidad de atraer inversiones? ¿Qué significa soberanía cuando aquello que sostiene la vida queda subordinado a la lógica de la rentabilidad?
Estas preguntas adquieren una resonancia particular en un nuevo aniversario de la independencia. Porque quizás hoy la discusión no sea únicamente quién es propietario de qué, sino qué condiciones necesitamos garantizar para poder seguir habitando nuestros cuerpos y nuestros territorios.
El cuerpo-territorio nos invita a pensar que no somos individuos aislados defendiendo propiedades individuales. Somos tramas de relaciones, memorias, afectos y cuidados que hacen posible la vida en común. Defender un territorio no es únicamente proteger un pedazo de tierra. Es defender las formas de vida que allí se producen y reproducen. Es defender el agua, el tiempo, los vínculos, los saberes, la posibilidad misma de permanecer.

Por eso, cuando se concesiona el río Paraná, no sólo se interviene sobre un río. Se transforman las relaciones que sostienen la vida. Se rompen memorias, economías, formas de alimentación, redes de cuidado. Lo mismo ocurre cuando un barrio es reconfigurado por la especulación inmobiliaria. No sólo cambian los precios del “suelo”, cambian las formas de habitarlo. De a poco desaparece la mercería, el almacén de la esquina, y esos comercios donde circulan historias, confianzas y cuidados.
En su lugar aparecen desarrollos inmobiliarios, franquicias y consumos pensados para otros ingresos. Lo que se conoce como “gentrificación”, un proceso que reconfigura los barrios bajo la lógica del mercado, desplazando a quienes les dieron identidad y convirtiendo el derecho a habitar en una oportunidad de inversión.

Se van construyendo barrios para invertir más que para vivir. ¿Qué pasa cuando en nuestros entornos comienzan a narrarse desde el lenguaje del mercado? ¿El barrio deja de ser un lugar para habitar y se convierte en un activo financiero?
Mientras se venden sueños dolarizados, también se naturaliza que cada vez más personas sean expulsadas de esos mismos territorios y sobrevivan en la calle. Y quienes logran permanecer tampoco quedan al margen de esa lógica. Una familia que destina gran parte de sus ingresos a pagar alquileres o deudas no sólo pierde dinero; pierde tiempo, salud, autonomía y la posibilidad de imaginar otros futuros.
Pero el despojo nunca logra destruir por completo las tramas que sostienen la vida. Ahí, donde las condiciones materiales de existencia se vuelven más frágiles, también se reorganizan las formas de habitar y de cuidar. El cuerpo-territorio nos recuerda que la vida siempre se sostiene en común. Las ollas populares, los comedores y las redes de cuidado son parte de esa política cotidiana de la reproducción de la vida. Las formas de organización colectiva que ponen el cuerpo ahí donde el mercado y el Estado se retiran (o se reconfiguran). No porque la precariedad deba celebrarse, sino porque la vida insiste en organizarse en medio de la intemperie.

Tal vez esa sea una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo. Volver a sentir el territorio en el cuerpo y el cuerpo en el territorio. Recuperar una sensibilidad que el extractivismo, la financiarización y la lógica de la propiedad intentan adormecer. Porque cuando dejamos de sentir, también dejamos de indignarnos frente al despojo y la destrucción se vuelve paisaje.

Defender el cuerpo-territorio también es defender la capacidad de imaginar otros futuros. Escuchar el río más allá de su rentabilidad, reconocer los barrios más allá del valor del suelo, habitar el tiempo sin que todo se reduzca a la productividad. Para recuperar la voz primero hay que recuperar el oído. Para recuperar el oído, hay que volver al cuerpo, a sentir, a crear, a encontrarnos en ronda, a hacer de esa sensibilidad compartida una forma de resistencia. Encontrarnos para hacer un gran cuerpo, lleno de texturas, rizomas, estrías, ríos, colores. Porque donde el poder sólo ve propiedad, los cuerpos siguen ensayando, una y otra vez, las condiciones para que la vida florezca en común.
1- Cecilia Vicuña | Si no sentimos, ¿qué nos queda? | 123. “Volvámonos Verdes”. https://youtu.be/YCy2zRMOfVE?si=epFStSQ2iqkCVqOK
2 – Gago, Verónica. 2019. “Cuerpo-territorio: el cuerpo como campo de batalla”. La potencia feminista, o el deseo de cambiarlo todo. Tinta limón ediciones. Colección: Nociones comunes.

